Zootrópolis (2016) y Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016): Más de lo mismo

Cuando veo una película de animación americana tengo la impresión de estar viendo una serie de gags cómicos, adorables o entrañables con el único objetivo de derretir el corazón de los más pequeños y de cierto público adulto que no acaba de madurar, olvidando otros aspectos tales como la originalidad en cuanto a planteamiento, ideas, temas tratados, animación, etc. En Zootrópolis pasa esto mismo: la gente se queda con que la conejita de marras es muy mona y hace mucha gracia verla dando brincos de aquí para allá o que los perezosos son terriblemente lentos y eso hace mucha gracia. Todo eso acaba escondiendo una trama excesivamente sencilla y previsible (hay secuestros –nunca asesinatos-, todo apunta a que el malo es X, luego descubren que no y al final resulta ser Y) y un desarrollo de personajes sobadísimo (personaje con mucho ánimo de sobresalir que al principio es ninguneado e ignorado por sus superiores, pero contra viento y marea acabará demostrando su valía, resultará ser el mejor y todos acabaran reconociendo su mérito, apelando al sentido de justicia que a todos nos encantaría para nuestras vidas). Por muy graciosas que sean algunas escenas (soy el primero que admite que se carcajeó con la escena de los perezosos, aunque con ninguna otra más), por muy monos y monas que sean algunos personajes, no puedo dejar de observar que estamos ante una historia muy pobre y ramplona.

La pregunta es, ¿Kubo y las dos cuerdas mágicas entraría en el saco de Zootrópolis (y antes que ella Big Hero 6, ¡Rompe Ralph! o Monstruos University? O, por lo contrario, la podríamos emparentar con esa élite que conforman las mejores producciones de Pixar? Pues, aunque me duela, ya puede irse al saco de las del primer grupo. Con Kubo ocurre lo mismo que con Zootropolis, solo que es más sangrante: el stop motion es un deleite visual y la primera mitad de la película consigue elevar la propuesta a altas cotas porque se genera un misterio que crees que va a sorprenderte porque piensas que no estás viendo la misma historia de siempre, pero a veinte minutos del final todo acaba confluyendo en los mismos derroteros de siempre: mueren los compañeros de Kubo (de una forma muy poco dramática y sin apenas recrearse en ello, cosa que le resta dramatismo a la propuesta) y Kubo se enfrenta al abuelo en un duelo harto insípido, pues uno se da cuenta de que las motivaciones del abuelo (otra vez más, y ya van…) no tienen fundamento y parece que se rige por simple y llana locura. Tampoco se nos explica qué es esa magia que solo surge cuando se rasgan las cuerdas del instrumento de Kubo, ni porque el abuelo se comporta como se comporta. Todo se adorna con una pátina muy de filosofía oriental, pero uno se da cuenta que la historia que subyace detrás es la misma de siempre, sin añadir nada de propia cosecha o que mínimamente haga pensar que uno está viendo algo que se desmarca ligeramente del esquema tradicional.

Tanto Zootrópolis como Kubo no son malas películas. Entretienen, tienen escenas sueltas inspiradas y poderosas, la animación en ambas es de calidad y tengo por seguro que el público infantil al que van dirigidas se deleitará con ellas, que al fin y al cabo es también un punto muy a tener en cuenta (aunque Pixar demostró que se podía también apelar al público adulto y que una cosa no estaba reñida con la otra). Pero confirman la triste tendencia de pretender deslumbrar solamente con el aparato técnico y algunos elementos superficiales vistosos y descuidando aspectos igualmente importantes como el guion o el desarrollo de personajes.

Nota Zootrópolis: 6

Nota Kubo y las dos cuerdas mágicas: 6

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