Westworld (2016): Bebiendo de los errores de Lost

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Westworld – Westworld (Almas de metal)

A Westworld le pasa lo que a muchas historias de ciencia ficción y fantasía:

  1. Que se curran mucho la ambientación, que el mundo que nos plantean es fascinante, original y, a priori, proclive a grandes cosas, pero al final se queda solo en eso: una idea muy interesante y vistosa.
  2. Y que peca de grandilocuente, de querer revestir algo sencillo y que sería carne de cañón para el entretenimiento más palomitero con toneladas de filosofía y ciencia de baratillo para aparentar trascendencia y acaba traduciéndose en un ejercicio tan aburrido como hueco.

Los personajes son estereotipos andantes: tenemos a Anthony Hopkins interpretando al típico personaje mega misterioso que nadie sabe cómo manejarlo porque sus intenciones son muy oscuras y para elaborarlo optan por mostrarlo casi afable en un capítulo, antipático y cruel en el otro, vagamente ausente en el siguiente y, para el cuarto, lo tenemos revelando secretos maquiavélicos. Tenemos a los típicos robots planos y sin sustancia como James Marsden y luego los que poco a poco irán revelándose porque irán adquiriendo consciencia de sí mismos, resiguiendo los típicos caminos de manual de otras obras de ficción, como los interpretados por Evan Rachel Wood o Thandie Newton. Luego están los demás, meras comparsas del entretenimiento pero que no tienen ningún papel realmente relevante (Clifton Collins Jr., por poner el ejemplo más bochornoso). En Westworld ningún personaje va más allá de lo que se espera de él y el margen para sorprendernos es prácticamente nulo.

Y luego tenemos las reflexiones, todas untadas de una supuesta aura de trascendencia, pero que se limitan a darle vueltas a lo mismo: somos robots pero resulta que en muchos rasgos somos casi mejores que los humanos (bellamente interpretado por Rachel Wood y Newton, como claras cabecillas de esa filosofía). Le dan mil vueltas al tema, adornándolo con conversaciones trascendentales como la de la mente bicameral que mantienen Hopkins y Wright o en todas las interminables conversaciones que mantienen Rachel Wood y el humano que la acompaña. Me recuerdan las reflexiones recalcitrantes que mantenían los personajes de The Walking Dead para rellenar minutos (y capítulos enteros) cuando se ponían a pensar si habían dejado de ser humanos al vivir en un mundo donde lo humano había quedado al margen. Si quitamos estas conversaciones aburridas que quieren aparentar intelectualidad, nos damos cuenta que Westworld no reflexiona sobra nada más. Lo otro son tiroteos más o menos gratuitos, cháchara y verborrea que no conduce a ninguna parte; correteos de aquí para allá persiguiendo a alguien o buscando algo al más puro estilo A conduce a B y B a C. Ver a Ed Harris dando más vueltas que una peonza como una excusa para que no llegue demasiado pronto al centro del laberinto o cuando demuestran que a los robots les ocurre algo en el séptimo capítulo cuando tú, como espectador, ya lo has estado viendo a lo largo de toda la serie es, cuanto menos, aburrido y exasperante. Y no nos olvidemos de los giros de guion que se huelen a la legua (spoiler), como el de Wright y su naturaleza, que hacen que luego te plantees porque Hopkins, si sabía que era un robot, se molestaba en responderle cuando este lo asediaba a preguntas sobre las incongruencias de los anfitriones, cuando lo más lógico hubiera sido que le mandase callar tal como hacen con todos los demás robots del parque y reiniciarlo para que fuera a trabajar y se olvidase del tema.

También tenemos todos esos grandes enigmas planteados al inicio y que, como era lógico esperar, se van deshinchando hasta revelarse como lo que son: meros artificios para atraer al espectador. Todo termina en un último capítulo que pretende remendar todos los agujeros anteriores; técnicas tan de estar por casa y ruines como que un recuerdo concreto de un anfitrión cambie cada dos por tres para adecuarlo mejor al nuevo giro que propone el guionista en este capítulo; como si sus recuerdos se reescribieran sobre la marcha para sustentar los golpes de efecto. Para no extenderme mucho más, solo me centraré en el que más expectativas genera y que al final termina siendo el mayor bluf de la temporada: el mentado, hasta la saciedad, laberinto. ¿Tanto rollo para enseñarle a Harris una evidencia que podría habérsele ocurrido pensando un rato? ¿Tanto rollo para enseñarle a Rachel Wood que su naturaleza es asesina y que debe matar humanos?

¿Es todo erróneo en Westworld? Me inclinaría a responder que sí, pero sin que uno sepa muy bien por qué la va siguiendo, se descubre a sí mismo queriendo saber qué ocurrirá en el último episodio cuando pongan toda la carne en el asador y se dejen de alargar tanto el chicle. Porque la factura de la serie es impecable, porque el reparto es notable, porque como ya he dicho al principio, el mundo que se nos plantea es muy vistoso. Porque cuando nadie habla ni suelta su perorata pseudotrascendental, entretiene. Cuando uno termina de verla, sin embargo, apenas la retiene unos minutos en su mente y uno pasa a otra cosa, como el entretenimiento intrascendente e inicuo que es.

Nota: 5 (muy, muy raspado. Porque sé, por experiencia, que las hay muchísimo peores)

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