Sufragistas (2015): El miedo, ese terrible engranaje que lo mueve todo

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Quizás sea un sacrilegio lo que voy a decir, pero Mulligan se merecería más estar en las nominaciones de los Oscars que Lawrence. Ala, ya lo he dicho

Cuando uno ve Sufragistas es imposible que no tenga la sensación de que aparentemente está ante el mismo producto de siempre, con la misma factura técnica sobria que otros relatos parecidos ambientados a principios del siglo XX. Y, bueno, es exactamente así. Tenemos un Londres gris muy típico, tenemos trabajos de mujeres horribles con capataces aún peores, una protagonista femenina con un desarrollo muy esperable, de sumisa a defensora de los derechos de las mujeres, casada con un hombre autoritario, mandada por un jefe explotador y algo más, y subyugada por un establishment que no está por la labor de reconocer sus derechos. Y etcétera. La película evoluciona como se espera que evolucione una película de este tipo: de forma correcta y previsible, sin ningún alarde de originalidad ni ninguna salida de tono de la directora. No hay muchas sorpresas, vamos. De hecho, si no fuera porque está basada en hechos reales y muchas veces la realidad tiene la capacidad de generar una serie de giros de guion que le añaden un plus a historias de ficción que podrían caer en la rutina, podríamos decir que es una película de corte clásico con un guion bastante previsible.

Sin embargo hay dos cosas que convierten a Sufragistas en una película muy recomendable:

A) Carey Mulligan, que es capaz de imprimirle verosimilitud y enjundia al relato con una interpretación que raya el excelente y que me sorprende que no haya sido nominada por ella;

y

B) El mensaje. Porque no está mal recordar que muchos privilegios que hoy en día damos por sentados costaron sangre, sudor y lágrimas de conseguir. En este caso, que la mujer pudiese votar en igualdad de condiciones que los hombres implicó una lucha que se llevó muchas vidas, y no me refiero solamente a nivel físico, que también, sino que muchas mujeres (y también hombres) tuvieron que dejar a un lado sus familias y su entorno porque defendían unas ideas que por aquel entonces estaban perseguidas.

Pero Sufragistas no solo sirve para reivindicar la lucha por el voto de la mujer (que aún continúa en algunos países), sino que también sirve para extrapolar su mensaje a cualquier causa. Solo aquellas personas con tesón, con valentía, que anteponen lo de los demás a lo suyo son capaces de realizar un cambio. Nos enseña que esa persona puedes ser tú, que solo hace falta que te empujen a ello para abrir los ojos. Que si uno quiere cambiar las cosas tiene que arriesgarse, abandonar su zona de confort y no tener miedo al poder establecido que, precisamente, se basa en ese miedo para hacer y deshacer a su antojo. Que cuando las leyes son injustas o no satisfacen a todo el mundo, hay que cambiarlas y no ceñirse a ellas como si de un corsé se trataran; a entender que las leyes son algo fluido que debería cambiar con los tiempos y, siempre, a mejor.

Solo por estas dos cosas Sufragistas se eleva por encima de la media y se convierte en una película recomendable.

Nota: 7

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