Sicario (2015): A quien hierro mata, a hierro muere

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“…and this is a land of wolves now”

Hablamos mucho de Oriente Próximo, pero tela marinera con el problema que hay en la frontera entre USA y México. Ya me he chupado más de un reportaje sobre Ciudad Juárez y me hago cruces de que semejantes salvajadas puedan ocurrir cada día sin que nada ni nadie pueda hacer nada para evitarlo. Hay dos grandes producciones que ya se acercaron a esto. Una es Breaking Bad, en aquel capítulo impresionante y muy revelador en el que Hank era trasladado a El Paso, dónde conocía cómo las gastaban los cárteles y descubría lo que era la crueldad; y la otra la infravaloradísima El consejero, que era una compleja aproximación a todo el proceso que llevaba la droga desde el punto de fabricación hasta, ya transformada en dinero, los bolsillos de los empresarios allá en USA. Y todo el rastro de muerte y lucha de intereses que sembraba por el camino. Y Sicario, situándose en la estela de estas dos, es capaz de dar otra vuelta de tuerca al conflicto y situar el punto de mira en un dilema sin solución: ¿qué se puede hacer contra todo esto?

Esto me lleva a que Sicario es una película denuncia enmascarada como película de acción. A medida que el metraje va corriendo, nos hacemos una idea de cuál es la situación actual de un conflicto enquistado desde hace mucho tiempo. La barbarie lleva tiempo instalada en algunas ciudades mexicanas como Ciudad Juárez, dónde la corrupción y la impunidad campan a sus anchas desde que los cárteles se adueñaron de las calles. La violencia ha dado un salto y se ha trasladado a los estados del sur de EEUU; el problema, y es ahí desde donde parte Sicario, es que estos cárteles se están haciendo fuertes en estados como Arizona o Nuevo México. Y Villeneuve solo necesita diez minutos para contarnos que es un problema que se les ha ido a todos de las manos.

Sicario plantea muchas cuestiones interesantes. ¿Cómo enfrentarse a un monstruo tan grande y tan arraigado? ¿Cómo extirparlo? ¿Es lícito recurrir a métodos poco ortodoxos y al margen de la ley para enfrentarse a los cárteles? ¿El fin justifica los medios? El espectador, de la mano de una Kate Macer (Emily Blunt) que está ahí para aprender de su mano, va descubriendo que la legalidad estadounidense no puede hacer nada contra organizaciones que ni entienden de eso ni les importa. Que no hay nada que hacer ante un negocio, el de la droga, que enriquece tanto al líder del cártel, al camello que la vende por la calle, como al banquero estadounidense que les guarda el dinero. Todos los intentos de Macer de aplicar las leyes y aquello en lo que creía caen en dique seco ante la dura realidad: la legalidad ha quedado fuera y solo la extorsión y las colaboraciones de dudosa índole parecen ser los únicos métodos para enfrentarse a ellos.

Entrando ya en aspectos puramente cinematográficos, la BSO es impresionante y se ajusta perfectamente a la crudeza del relato que se nos está contando; la fotografía, otro tanto, que se nutre de la vastedad de las áridas tierras que se extienden alrededor de la frontera como de un elemento más de la despiadada historia que se nos está contando. Denis Villeneuve tiene un talento innato para crear atmósferas opresivas (la escena del atasco y la del túnel te mantienen pegado a la butaca como pocas veces ocurre en una sala de cine) y que se ajustan a la perfección con lo que está contando y con el tono que necesita la historia. El reparto está correcto, con un Benicio del Toro muy metido en su papel; quizás el único lastre sea una Emily Blunt demasiado fría, aunque no es nada nuevo en ella.

Nota: 8 (y con Villeneuve ya van 4)

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