Shotgun Stories (2007): Autodestrucción

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De cuando ya no hay vuelta atrás

Jeff Nichols es uno de los directores más interesantes del panorama actual, o al menos lo es para mí, del mismo modo que no me pierdo ni una sola película que saque Dennis Villeneuve o David O. Russell, por poner solo un par de ejemplos. Sin embargo, con Nichols empecé por la interesante Mud, que distaba por mucho de ser una obra maestra, aunque era una entretenida historia sobre la pérdida de la inocencia. Luego vi Take Shelter, un brillante ejercicio de cine emotivo y tenso que me dejó con ganas de seguir descubriendo a este director; de este modo, el pasado sábado me animé a ver Shotgun Stories, su debut en la dirección, y no hizo falta mucho metraje para descubrir que estaba ante una notabilísima obra.

¿Cuántas veces hemos visto una película o leído un libro en los que los personajes te importaban más bien poco o nada? Seguro que muchas veces. Porque suelen ser personajes estereotipados y no ves nada auténtico en cómo se relacionan consigo mismos y con los demás, o porque ves que el director o el guionista son incapaces de generar esa conexión que hace que los personajes se vuelvan reales, trasciendan la pantalla y te importen. Son incapaces de imprimirles una serie de características que los haga entrañables, que sufras por ellos, que te preocupe qué es lo que les va a ocurrir. Que no las tengas todas cuando los ves enfrentarse a sus conflictos o que consigan que un escalofrío te recorra el espinazo cuando los ves peligrar. Estoy casi seguro de que o bien no quieren molestarse en currárselo porque sus intereses son otros o porque en realidad es una tarea terriblemente compleja. O porque no tienen ni pajolera idea de qué es la emotividad. O porque creen que no queda muy bien mostrarse sentimental, que lo mejor es un relato contenido y frío donde todo se intuya. Yo qué sé. Sea como sea, Jeff Nichols consigue en Shotgun Stories que los personajes te importen de verdad y te preocupe qué va a ser de ellos, y todo esto con apenas recursos y artificios. Porque Nichols, con tres hermanos de clase baja que no despegan es capaz de urdir un tapiz de miserias, de amor fraternal y de terribles designios como otros no consiguen con muchos más medios.

Aquí la tensión y la fatalidad se pueden cortar con un cuchillo. En Shotgun Stories cada hecho y cada reacción es un escalafón más hacia la autodestrucción de ambas familias, ojos por ojos que no conducen a nada más que a más violencia y dolor; una lección magistral de lo difícil que es detener cualquier conflicto de sangre, de lo enquistables que son los conflictos movidos por la venganza y el odio y de que estos solo pueden detenerse si en ambas partes se hace un esfuerzo titánico de perdón mutuo. Y todo aderezado con un buen reparto, a destacar Michael Shannon y Douglas Ligon, un buen pulso tras las cámaras y una estructura narrativa casi redonda.

Nota: 8

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