Memorias de África (1985): Libertad y compromiso

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Libertad vs. compromiso

En Memorias de África (1985) hay algo extraño, o infrecuente, en el cine americano de nuestros tiempos. Aunque digo esto sin conocer si quiera dónde empezó esto, ni si hubo un momento en que empezara algo realmente. No soy un erudito. Eso que hace que la película de Sydney Pollack sea tan valiosa, pues, es la libertad de no imponer un ideario que, explícita o implícitamente, figura en casi toda película que se precie: que el matrimonio es la única forma de formalizar, de cristalizar, el amor entre dos personas. Hay innumerables obras, desde la más sesuda hasta la más intrascendente, desde la comedia hasta la acción, dónde los valores del matrimonio nos son mostrados como uno de esos peldaños que toda persona tiene que escalar; aunque lo peor de todo esto es, quizás, lo involuntario del mensaje, como algo asumido, como algo marcado a fuego en el ADN colectivo. Y eso sin contar el ninguneo que aún sufren las parejas homosexuales, que suelen tener su espacio en las comedias de turno como meras comparsas graciosas.

Pero vayamos a lo que nos atañe. Vayamos a Memorias de África. Karen Blixen (Meryl Streep), autora y protagonista de esta historia, está casada por medio de un matrimonio de conveniencia con el barón Blixen (Klaus Maria Brandauer). Ninguno de los dos se quiere realmente, pero deciden viajar a Kenia con el objetivo de explotar una plantación de café y ver si el cambio de aires se traduce en un cambio entre ellos dos. Poco a poco, Karen irá enamorándose de África, de sus gentes y de sus costumbres y de su manera de pensar, pero también de Denys Finch-Hatton (Robert Redford), un aventurero que ama la libertad por encima de todo.

Karen y Denys son dos maneras contrapuestas de entender el amor. Por un lado, la de atar al otro, de tenerlo siempre cerca; Karen cree que de no tener a Denys cerca, este amor desaparecerá. Por el otro lado, la libertad del querer sin ataduras; Denys no entiende que el amor pase por tener que quedarse siempre en casa junto a la persona que quiere. Ambos encarnan el dilema de elegir entre el compromiso y la independencia.  Lo mejor de todo es que la película no es una crítica de lo primero y una alabanza a lo segundo, ni este artículo tampoco pretende serlo, pero sí siembra la semilla de la duda, de que nos planteemos dos opciones, que nos preguntemos cómo queremos nosotros a los demás. Si una visión es tan mala como creemos y la otra tan buena. La película, quizás, será un alivio para aquellos a los que les atemoriza no estar siguiendo los pasos de lo que la sociedad espera de ellos, y a otros les servirá para reafirmarse en la idea de que es necesario formalizar los sentimientos para disfrutar mucho más del amar y el ser amado.

Dejando a un lado todas estas digresiones, es cierto que la película no es perfecta. Pero casi. Es cierto que hay tramas secundarias que empalidecen y quedan arrinconadas por el romance entre Karen y Denys, interpretados por una Meryl Streep y un Robert Redford perfectos, nacidos para encarnar a esos personajes, que uno se queda con ganas de ver más sobre la relación entre Karen y sus empleados, en especial con su mayordomo, o con el amigo común con Denys, con el que uno no acaba de empatizar porque no le ha visto lo suficiente en pantalla. Quizás estos sean los únicos puntos que uno le achacaría a Memorias de África, pero son perfectamente olvidables cuando estamos ante una de las mejores películas románticas que se han rodado.

La novela, que no he tenido el placer de leer, pero sí de conocer por boca de mi madre, de la que os insto confiéis en su criterio, siempre me dijo que la novela era mejor, que había personajes que en la película apenas tenían su espacio y que en la versión en papel estaban mucho más trabajados y que según qué cosas no eran tan abruptas, como la decisión final de Karen respecto a su empresa en tierras africanas. A todo esto, a mí solo se me ocurre que deberíamos leer Memorias de África para reafirmar lo que ya se vio en la película, y que con eso deberíamos conformarnos, y ya de paso indagar un poco más en las otras historias de Isak Dinesen, porque si son tan buenas como esta, menuda mina estamos dejando por explotar.

Nota: 10 (mientras suelto una lagrimilla)

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