La invasión de los ultracuerpos (1978): ¿Podemos vanagloriarnos de pertenecer a la raza humana?

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A ver si cazáis el cameo de un actor muy conocido

En muy contadas ocasiones uno puede decir lo siguiente: “pues la película es mejor”. De hecho, es una de esas frases que nunca oirás decir a nadie. Es un tabú, un hecho inenarrable que se escapa del entendimiento humano. Es casi tan extraño como encontrar a alguien que diga que Ben Affleck es un actor correcto o que la violencia de género también incluye a las mujeres que maltratan hombres. Este es el caso de La invasión de los ultracuerpos de Phillip Kaufman (1978), película que adaptaba la por entonces popular novela Invasión: Los ladrones de cuerpos de Jack Finney y que ya había sido adaptada con anterioridad por Don Siegel en 1956. Pero quedémonos con la de Kaufman. Lleno de aire mis pulmones y grito a los cuatro vientos: ¡pues la película de Kaufman es mejor!

Pues sí, esta película es superior al relato de Finney. Si tenemos en cuenta que todo transcurre en una ciudad en lugar de un pueblo de pocos habitantes, que los personajes se dedican a cosas diferentes a las que se dedican en la novela y, he aquí el quid de la cuestión, el final, se podría decir que es bastante fiel. El final de Finney es decepcionantemente feliz, inverosímil, para nada acorde a lo que se esperaría de una invasión como la que se plantea. La versión de Kaufman no quiere que el espectador se vaya de rositas a casa, sabedor de que en la realidad no hay siempre finales felices. Esta es una historia agria, porque los humanos no pueden hacer nada ante unos invasores “pacíficos” capaces de suplantar a las personas. Solo pueden ser testigos de la progresiva ¿evolución? de la humanidad. Porque, si alguna vez ocurriese algo así, ¿cómo lo combatiríamos? ¿Qué podríamos hacer para enfrentarnos a una amenaza tan silenciosa y subrepticia como esta?

Sin embargo, y es aquí donde quería llegar, lo que sí comparten todas las versiones (incluso la mediocre y pasada por el filtro del Hollywood más comercial Invasión de Oliver Hirschbiegel) es la siguiente máxima: el ser humano estaría mejor sin él mismo. Los males que nos asolan, desde las guerras, la pobreza, los conflictos matrimoniales y, qué se yo, las peleas de patio de colegio, son culpa de nuestra naturaleza autodestructiva. Creen que no hay nada bueno en nosotros que compense el efecto negativo que nos causamos a nosotros y a los que nos rodean y, ya puestos, al planeta entero. Para los invasores, que quieren conservar el planeta a toda costa, no les compensan nuestros actos de bondad y amor. Creen que si pusiéramos en un platillo de una balanza nuestros puntos fuertes y en el otro los débiles, el lado oscuro ganaría. Y ya puestos me parece lícito hacerme la siguiente pregunta: ¿Es así? Si echamos la mirada atrás, ¿podemos vanagloriarnos de pertenecer a la raza humana? Seguro que encontraríamos motivos para pensar que no. Sin embargo… ¿qué gracia tiene una vida sin errores, sin fracasos, sin la posibilidad de equivocarte? ¿Qué sería de nosotros sin nuestras pasiones desmedidas o nuestros arranques sentimentales? Es muy posible que no hubiésemos llegado a ninguna parte y que los ladrones de cuerpos, cuando hubiesen llegado a la tierra, la encontraran vacía, porque los humanos se habrían consumido hace tiempo en la languidez más absoluta.

Digresiones aparte (que no llevan a ninguna parte), La invasión de los ultracuerpos también es una película que por sí sola funciona muy bien, mensajes aparte. La tensión está muy bien medida; uno puede palpar en el ambiente la atmósfera cada vez más agobiante que constriñe a nuestros personajes, envueltos en una maraña que no van a ser capaces de desentrañar fácilmente, y las actuaciones son notables. Un clásico de la ciencia-ficción que merece ser reivindicado.

Nota: 7

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