La gran apuesta (2015): Poniendo a trabajar las neuronas

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Steve Carell: otro más que podría haber sustituido a Matt Damon en las nominaciones

La gran apuesta es una película difícil. Es difícil porque nunca nos hemos interesado lo más mínimo por la economía, por saber cómo se mueve el mundo financiero y todo ese rollo de Wall Street, como diríamos vulgarmente. La mayoría de las críticas negativas que ha recibido la La gran apuesta giran alrededor de que es inaccesible, que cuesta seguirla, que hay demasiada jerga económica como para disfrutarla. Sin embargo, ¿es culpa de la película o de nosotros que nos cueste seguirla? Es cierto que a ratos es incomprensible, pero eso no es un punto malo per sé. Yo tampoco me enteré de todo, pero tampoco creo que esa fuese la finalidad de McKay. No es el objetivo de La gran apuesta que te aprendas toda la terminología y entiendas palabra por palabra todo lo que sueltan los personajes y que luego seas capaz de volver a vomitárselo a alguien; con lo trepidantes y rápidos que son los diálogos creo que ni siquiera alguien que domine un poco el tema sería capaz de seguirles el rollo. Quizás los economistas, los estudiantes de esta disciplina o los tipos de Wall Street sean los únicos que la entiendan de cabo a rabo. McKay quiere que nos quedemos con la idea general, que es la de que unos tipos estuvieron enriqueciéndose a costa de todo el mundo y que no han pagado ni pagaran nunca el pato por ello. Que estuvieron negando el descalabro del sector inmobiliario hasta el final solo para continuar sacando tajada hasta el último momento y que las agencias de calificación solo estaban ahí para apoyar lo que los bancos necesitaban decir para continuar ganando dinero. Y el gobierno estuvo mirando hacia otro lado porque la cosa no iba con él.

Pero La gran apuesta también nos enseña que la pelota no estuvo exclusivamente en el techo de esos brokers: la culpa la tuvimos nosotros también, porque el que pedía los créditos para hacerse una casa, tener un apartamento en la playa y comprarse dos coches cobrando mil y pico euros al mes fuimos nosotros. El que se hipotecó hasta las cejas no fue el del banco, sino nosotros, con nuestro consentimiento. Que nos lo ofrecieran sin siquiera asegurarse de que podríamos pagarlos es otra cosa, también condenable, y parte igual de la ecuación que llevó a muchos al descalabro. Que nos fiemos de un tipo con traje, parafraseando a uno de los personajes de la película, también va mucho con nuestra mentalidad. McKay también quiere dejarnos clara una cosa: que esta estupidez volverá a repetirse, una y otra vez, y que todos volveremos a caer en la misma trampa.

Entonces os preguntaréis: ¿por qué no le pones un diez? Quizás porque me costó seguir la situación de los personajes en el último tramo, porque no entendí bien cuándo iban ganando y cuando iban perdiendo, ni lo que se arriesgaban si vendían o no vendían en el último momento, sobre todo durante el debate interno de Mark Baum (Steve Carell); es, quizás, el mejor momento para volver a hacer uno de los incisos tan famosos de la película y dejarle claro al espectador, en un momento clave de la película, qué es exactamente todo lo que está en juego.

También, y en menor medida, porque la película intenta, en vano, acercarse emocionalmente a algunos de sus protagonistas, como los interpretados por Steve Carell y Christian Bale, y es innecesario por lo poco que acaba importando la muerte del hermano del primero o que el segundo tenga mujer e hijos o fuese menospreciado de pequeño porque tuviese un ojo de cristal (en este aspecto, Margin Call es superior, porque no se molestaba en esbozar sus vidas personales). Son aspectos que hubiesen sido interesantes de haber sido más desarrollados, pero al final quedan como anécdotas que podrían haberse omitido, tragados por toda la economía que sale en pantalla. Y para acabar, quizás porque también echo a faltar más minutos de Bale, Gosling y Pitt, que, en mi opinión, salen poco y podrían estar mejor desarrollados. Carell es el que tiene un personaje más trabajado y el que se beneficia de las mejores partes de la película y el que acaba sobresaliendo en todos los aspectos.

Finalmente, hay que comentar lo amena, divertida e interesante que es La gran apuesta y es todo un acierto el uso de todos los recursos que te sacan de la historia para contarte los términos económicos, o cuando los personajes se dirigen al espectador o cuando McKay aprovecha para citar frases en medio de la narración. Son incisos agradables que se agradecen.

Nota: 7 (y dejad que las neuronas trabajen un rato)

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