Kids on the Slope (2012): Menos romance y más jazz, por favor

crítica serie kids on the slope cinérgicos

Si queréis leer el manga que adapta, aquí en España lo ha licenciado Milky Way Ediciones

No sé cuándo ocurrió exactamente, pero hubo un momento en que en Japón se dejaron de hacer buenos anime. La época de los Cowboy Bebop, GITS SAC, Samurai Champloo, Wolf’s Rain o Mushi-shi quedó atrás; ahora los anime (de los manga no hablo porque no estoy tan metido como antes) parecen todos cortados por el mismo patrón, como si se les hubieran acabado las ideas y tiraran de rentas pasadas. El dibujo se ha uniformado, la animación ya no deja secuencias memorables, los personajes son estereotipos andantes y las historias que nos cuentan son mucho más convencionales, menos arriesgadas y con menos hondura que antes. Antes predominaban los animes cocinados a fuego lento, con mimo, atendiendo siempre a los detalles más ínfimos. Ahora ya no. No es que no haya anime de calidad (esto es un decir, porque soy incapaz de citaros ahora mismo uno), pero hay un viraje a la mediocridad, a la estandarización, que resulta preocupante.

Con el ánimo de encontrar alguna perla entre tanta decepción me puse a indagar cuál había sido el siguiente proyecto de mi queridísimo Shinichirô Watanabe, el creador de dos de mis series de animación favoritas, Cowboy Bebop y Samurai Champloo, y descubrí que había tardado 8 años en volver a ponerse al frente de una producción y que esta era Kids on the Slope (Sakamichi no apollon en japonés), un drama de instituto que combina el romance con la música jazz. Un argumento muy alejado del estilo de sus otras dos obras maestras: mala señal, pensé. Y me equivoqué, pero no por mucho.

Kids on the Slope es un triángulo amoroso de los de tomo y lomo, a ratos excesivamente convencional, empalagoso y previsible, pero a ratos sorprendente, porque aquí lo que se acaba dirimiendo no es quién se queda con quién ni tampoco se centra en recrearse en las peleas triangulares, sino que acaba girando alrededor de si la amistad es mucho más poderosa, valiosa y trascendental que lo que uno pueda tener con alguien a nivel mucho más íntimo. Porque al fin y al cabo, lo que acaba sosteniendo a estos tres personajes es la amistad que se cimienta entre Sentarou (el tipo fuerte y guapo, reacio a los sentimentalismos al principio, que viene de un hogar desestructurado y no se le da muy bien relacionarse con chicas) y Kaoru (el tipo enclenque, retraído y solitario incapaz de relacionarse satisfactoriamente con los demás), y no el papel que ejerce Ritsuko en todo esto (la chica que orbitará entre los dos, tierna y compasiva), tal y como aparentemente pudiéramos pensar. Kaoru llega a creer que su amigo del alma entorpece su relación con Ritsuko, pero al final, amargamente, se dará cuenta de que precisamente Sentarou es el que los mantiene unidos. Es aquí donde Kids on the Slope alza el vuelo y raya el notable, pero es el único palo que acaba tocando con atino, o de una manera que es capaz de remover algo en el espectador, porque todo lo demás acaba diluyéndose en nada.

Porque el jazz es una simple excusa para adornar las situaciones románticas; se echa en falta que los protagonistas lleven más allá su simple pasión por tocar en el sótano de la tienda de discos y se lancen a tocar frente al público más a menudo. Los capítulos pasan y apenas se habla de música y de los grandes del jazz. La BSO es notable, pero Yoko Kanno, al igual que Watanabe, es capaz de ofrecer mucho más (como las BSOs de Cowboy Bebop o Wolf’s Rain,  que son dos obras maestras por las que debería pasar a la historia como compositora) y en Kids on the Slope no acaba de firmar un trabajo memorable. Además, fuera del ámbito musical, solo el triángulo y, más concretamente, solo la relación de amistad entre los dos personajes masculinos (y todo gracias a Sentarou, que es la pieza imprescindible para que todo funcione) acaba funcionando; porque la trama secundaria entre Junichi y Yurika es aburrida y previsible, y Ritsuko tiene un carácter excesivamente cándido y sumiso (supongo que el ideal masculino de los japoneses; caso extraño, porque las mujeres de Cowboy Bebop y Samurai Champloo eran mucho más complejas que ésta) que la edulcora en exceso.

En conclusión, estamos ante una serie entretenida, con algunos aciertos parciales, pero que acaba decepcionando; por un lado por lo previsible y acomodaticia que es la propuesta, y por otro lado porque sabemos de quién viene, y de Watanabe solo soy capaz de esperar la excelencia.

Nota: 6

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