Hacia rutas salvajes (2007): La libertad de no dejar que los demás escojan por ti

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“La felicidad solo es real si es compartida”

Imaginaos que con 22 años acabáis la carrera y a los pocos días donáis todos vuestros ahorros (si los tenéis) a una ONG, quemáis todo el dinero en efectivo del que disponéis, cogéis vuestro coche, os lanzáis a la aventura sin decirle nada a nadie, con el firme propósito de encontrar lo que verdaderamente importa, y rompéis cualquier lazo con la sociedad. ¿Lo haríais? ¿Os internaríais en el desierto de Mojave, os dejaríais perder por las inhóspitas tierras de Alaska y os dedicaríais a viajar a dedo por todo USA en busca de ello? Posiblemente no. Pues en 1990 un chico recién graduado, de nombre Chris McCandless, lo hizo. Y murió tan solo dos años más tarde persiguiendo la libertad de ser el único dueño de sí mismo. Poco después, Jon Krakauer, el periodista que cubrió su muerte, escribió uno de sus libros más famosos: Hacia rutas salvajes.

Pero antes de nada voy a empezar con uno de los tópicos más sobados que existen: el libro es mejor que la película. Vaya por delante que el que no haya leído el libro le parecerá que está ante una obra notable e incluso excelente. A mí me ha gustado, lo confieso. Pero leí el libro antes y aquí se nos están contando dos historias diferentes y, valiéndome de la confianza y honestidad que transmite Krakauer en su crónica, la versión descrita por este último se acerca mucho mejor a lo que McCandless fue que la versión de Sean Penn para la gran pantalla. Veamos por qué. El primer error que comete Sean Penn es simplificar los motivos por los que McCandless hizo lo que hizo. Cuando uno acaba de ver la película le queda la sensación de que era un chico que tuvo una adolescencia amarga por culpa de sus padres y que ese es el motivo central alrededor del cual gira todo su periplo. Huir de sus padres. Pero si uno lee el Hacia rutas salvajes de Krakauer y se empapa bien de cada texto que McCandless dejó, se da cuenta que eso solo fue el catalizador de algo que ya venía cociéndose dentro de él desde hacía tiempo. El romper con la superficialidad de la sociedad, de intentar hallar la esencia de la vida, de vivir en la naturaleza, de romper con todas esas cadenas que la sociedad ha impuesto, de esas reglas, escritas y no escritas, que acatamos y obedecemos como borregos. Huir de las convenciones sociales, de lo preestablecido, de las etapas que la sociedad nos impone. De lanzarse a la aventura, de desconocer qué deparará el mañana. Como dice McCandless en una carta que envió a Franz, “La dicha de vivir proviene de nuestros encuentros con experiencias nuevas y de ahí que no haya mayor dicha que vivir con unos horizontes que cambian sin cesar, con un sol que es nuevo y distinto cada día”. Reflexiones que, huelga decirlo, brillan por su ausencia en la película y son el corazón de toda la historia relacionada con McCandless.

Lo queramos o no, Sean Penn tiende a simplificar las cosas y McCandless sería cualquier cosa, pero no alguien simple. Para que todo el mensaje cuadre y, también, para no mojarse del todo ni faltar a algunos de los protagonistas, Penn elude aspectos que demostrarían lo contradictorio que podía ser en ocasiones McCandless. ¿Es esto una crítica contra McCandless? Ni mucho menos. Todos somos contradictorios, ambivalentes, volubles y hacemos cosas que no encajan con las que hemos dicho o hecho cinco minutos antes. Por poner un ejemplo, Wayne Westerberg, que en la película parece ser un buen hombre que da trabajo a McCandless y ya está, también era un tipo amante de las peleas domésticas y un infiel declarado. ¿Por qué Chris es capaz de simpatizar tanto con alguien así y ser tan duro con su padre por haber mantenido dos familias en paralelo durante un tiempo? Krakauer sí es consciente que cualquier persona, incluso McCandless, que aparentemente tenía las cosas tan claras, no es del todo coherente consigo misma. Y omitir eso solo resta realismo.

Y ahora viene la parte dónde me mojo. Porque si algo tiene Hacia rutas salvajes es la de crear bandos opuestos. Yo comparto muchas de las cosas que McCandless pensó y puso en práctica. También reconozco que soy como Ronald Franz, el del libro, que se confesó incapaz de poner en práctica los consejos de Chris, pero que al final sí cumplió. Pero esa es otra historia. Lo que no comparto es el egoísmo con el que enfocó el trato que dispensó a sus padres. Y es ahí donde Penn sí incide y se trabaja el guion. Porque si algo es cierto en todo esto es que nuestras vidas no solo nos pertenecen a nosotros mismos. Todas las personas que se encontró en el camino, en mayor o menor grado, intentaron hacerle ver eso; conclusión a la que llegó el propio McCandless poco antes de morir: “La felicidad solo es real si es compartida”.

Nota: 7 (de 6 y medio)

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