Enemy (2013): De arañas y dopplegängers

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Mi dilema sería elegir entre Laurent o Gadon

No todas las adaptaciones para la gran pantalla de la obra de Saramago son tan descafeinadas como A ciegas (2008) o Embargo (2010); ni tan prostituidas como las de La balsa de piedra (2002). De hecho, solo el canadiense Denis Villeneuve, adaptando libremente El hombre duplicado con Enemy (2013), ha conseguido firmar la mejor –y la única– adaptación de la obra del portugués con un brillante enigma sobre la crisis de identidad.

¿Cómo saber si uno mismo es quién cree ser? ¿Cómo delimitar lo que somos? ¿Cómo ser conscientes de que quizás haya algo dentro de nosotros que desconozcamos? Si nos ceñimos a un aspecto puramente cotidiano, diréis, por poner un ejemplo, que porque no nos levantamos por la mañana como si hubiésemos estado de juerga toda la noche, o porque nuestro corte de pelo no cambia día tras día de forma inexplicable. Pero, ¿y si sufrieras algún tipo de trastorno mental? Ya no digo una demencia, que sería lo más obvio, sino un simple desajuste de las funciones “normales” del cerebro. ¿Cómo saber hasta qué punto controlas tu personalidad? ¿Dónde empieza y acaba? Yendo más allá y centrándonos en el tema de Enemy: ¿Podemos suprimir a voluntad aquello que no nos gusta de nuestra vida para huir de nosotros mismos? ¿Podemos escoger a voluntad la persona que queremos ser y deshacernos de todo lo demás?

Estos interrogantes son los que revolotean alrededor de Enemy. Adam lleva una vida monótona, que no va más allá de dar clases en la universidad y de pasar el resto de su tiempo en casa corrigiendo exámenes y manteniendo relaciones sexuales con su novia. Parece que vive en una especie de letargo, hasta que descubre que hay otra persona que es idéntica a él. Decide contactar con él, tirar de la madeja, vislumbrar cómo es la vida del otro. Anthony, que es como se llama su doble, lleva una vida aparentemente satisfactoria: tiene un trabajo más atractivo que el suyo, vive en un bloque de pisos más decente que el suyo y está esperando un hijo de su mujer. Pero nada más lejos de la realidad: se siente atrapado en una vida que le ofrece pocas satisfacciones.

Lo que empieza como una toma de contacto acabará con el ansia de vivir la vida del otro, ambos insatisfechos de las suyas. Adam ve estabilidad en la vida de Anthony; Anthony ve libertad y la posibilidad de dar rienda suelta a sus instintos más básicos en la de Adam, lejos de las ataduras de su mujer. Dónde hay caos, en el otro hay orden. Esta dualidad, esta disociación, no es otra cosa que el producto de la inseguridad que experimenta(n) hacia cualquier tipo de compromiso. Una crisis que es vista como una pérdida de la libertad y del placer carnal. Lo que vulgarmente denominaríamos como la crisis de los 40. Ambos son incapaces de vivir en un todo, porque quieren todo lo bueno de ambas vidas y rechazan los contras que conllevan ambas. ¿No será que siempre anhelamos aquello que no tenemos? ¿No será que a veces sentimos que el compromiso para con otra persona es como enjaularnos? ¿No sentimos, cuando estamos solos, que necesitamos de estabilidad para no hundirnos en la soledad?

Enemy es una película exigente, que requiere de los cinco sentidos para su total comprensión, de varios visionados para encajar las piezas de tan intrincado puzle. Hay múltiples teorías que intentan explicarla, desde las más freudianas hasta las más realistas. Las hay que atribuyen el desdoblamiento a algo tangible, a una escisión física de una única personalidad en dos; y las hay que creen que la película no es otra cosa que la concatenación de hechos desordenados para confundir al espectador, y que lo que estamos viendo no es otra cosa que a una misma persona con un trastorno de personalidad múltiple. Sea como sea, Villeneuve deja margen de maniobra para que el espectador participe, se inmiscuya en el laberinto que ha elaborado y, cómo diría David Lynch, ponga de su parte para resolver el enigma.

Es cierto que hay una manifiesta intencionalidad en dejar las cosas abiertas, en complicar demasiado el asunto a posta, a diferencia de la novela, mucho más redonda y sin cabos sueltos. Sin elementos oníricos al más puro estilo Lynch. Villeneuve, como otros tantos directores, ha querido dejar su marca personal, pero eso no impide disfrutar de una de las mejores adaptaciones del genio de las letras portuguesas.

Nota: 8 (mis dos yos están de acuerdo)

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