El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007): Amistad y traición

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“Contemplo mis manos ensangrentadas y mi gesto malvado y me pregunto porque ese hombre se ha equivocado tanto”

Mira, así somos, corruptos hasta la médula. Admiramos a los malos, a los que no son trigo limpio. Nos da igual que se dediquen a robar bancos o sean asesinos, que los veneraremos. ¿Quién no se ha sentido fascinado por Hannibal Lecter? A nosotros nos da igual el tipo anónimo que ahora mismo debe estar trabajando para buscar una cura para el SIDA. A nosotros lo que nos van son los antihéroes, como Walter White, o los asesinos en serie como el citado más arriba. Pues con El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford Dominick ha querido jugar con eso. Todo el mundo ha admirado a Jesse James, viéndolo como un romántico forajido, y a Robert Ford, pues eso, que no sabes ni quién es. Además, en su época fue muy mal visto. Vale que el chico no cayera bien y que fuera un poco raro. Tampoco es que se moviese por fines desinteresados. Vale que era egoísta y en un principio le parecía bien la vida que llevaba Jesse. Vale que lo mató porque quería destacar y ser relevante para alguien. Para que la gente se acordara de él. Pero no nos olvidemos de algo: Jesse James, dejando a un lado su magnético carisma, era un tío que se dedicaba a robar a la gente y no vacilaba en cargarse a alguien si con ello conseguía X cosa. El tío había matado a gente y no se dedicaba a dar lo que robaba a caridad, cómo bien quiso creerse la gente que se lamentó de su muerte. Del mismo modo en que Walter White, pese a sus claroscuros y los puntos en los que podemos llegar a entenderle, se dedica a fabricar droga. Y esa droga mata.

Y Dominick lo hace como ninguno para adentrarnos en unos personajes complejos y contradictorios, con sus luces y sus sombras, personajes con sus rasgos distintivos y matices. Esta es una historia sobre la lealtad y la traición, sobre la amistad y la delgada línea que la separa de la envidia  y la enemistad. Del poder y de la corrupción inherente que conlleva la fama. Los personajes transitan de un lado a otro, desdibujando los límites de ambos perfiles. Porque si algo llegó a lamentar Bobby (Casey Affleck) fue el haber matado a ese amigo que quería y temía, de haberlo traicionado, de haberlo matado por algo tan poco loable como es la envidia y el ansia de reconocimiento. Su hermano nunca pudo superar lo que habían hecho, porque sabía que, pese a que Jesse James (Brad Pitt) podía ser alguien terriblemente cruel, también era un amigo atormentado que, por culpa de la fama y el poder que había ganado y que ahora estaba perdiendo, ya no podía distinguir amigo de enemigo. Sin embargo, ¿qué podían hacer? ¿Cómo salvar a alguien que está irremediablemente perdido?

En El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford hay escenas para el recuerdo, como la famosa “ejecución” de Jesse James mientras está subido a la escalera de espaldas, o la perfecta escena del asalto al tren, que es capaz de transmitir al espectador el final de una era. O el último tramo después de la muerte de Jesse James, el más revelador de la película y que condensa todo lo tratado en el párrafo anterior. Y todo sazonado al ritmo de una BSO impresionante con temas tan potentes como “The money train” o “Song for Bob”, que son capaces de integrarse perfectamente con la trascendencia de determinados momentos clave en la historia del forajido, y un reparto que raya el excelente.

Nota: 8 (de corre y ves a verla)

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