Invencible (2014): El síndrome Affleck

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No no, yo cojo una pistola y me lo cargo

Supongo que con “Invencible” a Angelina Jolie le ha pasado lo que a Ben Affleck como actor. Que hagan lo que hagan están encasillados a que siempre se les machaque. Supongo que no hay nada más epatante que decir que Affleck es inexpresivo, que tiene cara de pan o, esta es la favorita de los perdonavidas, que es mejor que se dedique a dirigir, que ahí sí lo hace bien. Vale que el muchacho no va a pasar al panteón de los mejores actores, pero de ahí a decir lo que se dice de él hay un trecho. O que Shia LaBeouf no vale un pimiento, por poner otro ejemplo, cuando está genial en “Corazones de acero” y “Sin ley”. Solo porque la cagó con “Transformers”, supongo. Pues a Angelina Jolie le debe estar pasando lo mismo. A ella le ha tocado lo de que no sirve para directora y las frases más repetidas son que no sabe emocionar al espectador o que no sabe hacer que empatices con los personajes. Que es muy fría dirigiendo. Supongo que un sector de la crítica y público vio todas esas cosas en su primer film (que no he visto. Habría que comprobarlo) y la etiqueta ya se le ha quedado.

Si queréis saber de qué va “Invencible” (2014), os remito a la ficha en FA.

Pero yendo al meollo de la cuestión, vaya por delante que “Invencible” (2014) tiene un montaje pésimo durante la primera media hora y eso quizás tire para atrás a más de uno. Yo incluso llegué a pensar que estaba ante un producto de serie B. Vale que para mostrar esas escenas de niño y de joven, y meterlas ahí sin que vengan muy a cuento, mejor no haber mostrado nada. Las idas y venidas entre pasado y presente, digámoslo con suavidad, parecen montadas por un analfabeto cinematográfico. Pero vamos, que luego hay otra hora y tres cuartos más de película. Luego viene una auténtica demostración de lo que es sobrevivir. De lo que es aguantar y aguantar todo tipo de penalidades, aun cuando muchos de nosotros ya nos hubiésemos rendido. De tener esperanza en que todo va a solucionarse, y que aunque las cosas estén muy negras y te toque vivir putada tras putada, dar el máximo y no doblegarte puede ser tu salvación. Son una hora y tres cuartos impecables, dónde Jack O’Connell lo da todo, ofreciendo una actuación muy creíble, y los secundarios son muy solventes.

Es difícil no quebrarse y desmoronarse, pero más difícil es superarlo y perdonarlo. Eso siempre me ha parecido fascinante, porque yo no sería capaz. Yo soy muy rencoroso. Pero me encanta verlo en pantalla, leerlo, saber de esas personas que han sobrevivido a cosas inimaginables, a sufrimientos horribles como los que sufrió Zamperini, y luego tener el tesón de perdonar. Y esta película es de las mejores mostrándonos eso. De saber que la venganza solo genera más daño y dolor, que no reporta placer alguno y que solo sirve para alimentar el horror que pretendemos olvidar. Si os soy sincero, la película no explora esta segunda parte de mi reflexión, pero es capaz de sembrar todo eso para que el espectador continúe dándole vueltas a la historia de Zamperini.

Algunos dicen que no hay manera de empatizar con los protagonistas. Y yo digo que no hacen falta horas y horas de metraje enseñándonos cómo era de niño, de joven, ni horas mostrando cómo lo reclutaron, ni cómo tuvo que entrenarse para introducirnos el tema de la guerra,  para construir el personaje. Parece que si no te meten una introducción de una hora relatándote todos los pormenores de la infancia y juventud no vas a conocer mejor al personaje. De hecho, el único fallo de Jolie es querer dar un poco de eso a través de unos flashbacks que sobran. No hace falta conocer todo eso. Con la historia del naufragio y del periplo que viene luego ya tengo suficiente para hacerme una idea de cómo es Zamperini, de su sufrimiento y sus ganas de vivir.

Nota: 8 (de peliculón).

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