Copland (1997): El que mira para otro lado también es culpable

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Y si no que les pregunten a los funcionarios que denuncian casos de corrupción en sus lugares de trabajo…

No sé si os pasa a vosotros, pero a veces echo en falta las películas de polis (y de otros géneros, ya puestos) que se hacían en los años 90. Solían ser películas más arriesgadas y que iban más allá. Ahora está de moda mirarlas por encima del hombro y machacarlas a base de bien por motivos tan rancios como que han envejecido mal, que están trilladas o tienen detalles que con el tiempo se han convertido en inverosímiles. No es exactamente lo mismo, pero os recomiendo que leáis esta crítica publicada en FA defendiendo Rescate de Ron Howard. Había películas como Causa justa, (spoiler) que me encanta porque hace que durante casi toda la película te dejes llevar por el tópico de que la policía es mala y luego te da con un canto entre los dientes, señalándote que no tienes que dejarte llevar por las apariencias y los relatos sesgados de los que van siempre de víctimas, y que es muy tendencioso criticar a la policía. O The Jackal (Chacal), que es una película de caza al asesino muy trabajada y digna. O Speed: Máxima potencia, que te mantiene pegado a la butaca como pocas pelis de acción de ahora lo hacen. Y ahora todas estas películas tienen menos de un 6 en FA.

Copland, además de todo eso, tampoco es la típica película de policías de los años 90 que estamos acostumbrados a ver. En Copland no es tanto el caso que se quiere resolver o la búsqueda del malo de turno. No, Copland no va de eso. Va de polis buenos que viven con temor de hacer lo correcto, de personas que giran la cara y hacen como que todo va bien, de policías corruptos; de corrupción generalizada, institucionalizada y aceptada por los ciudadanos, porque no nos engañemos: en Copland no solo los polis son los corruptos. Los corruptos son las esposas y los hijos de esos policías, los vecinos comunes y corrientes que por un motivo u otro se han beneficiado de esa corrupción. Copland disecciona con bisturí algo que no solo ocurre en la esfera policial, sino a casi todos los niveles: el honrado no tiene lugar en el grupo que comete irregularidades, es el monstruo, es el que hace las cosas mal y al que hay que eliminar. Es el tipo al que solo se le tolera que calle y asienta, en caso de que no acepte un soborno. Eso es algo muy de todos los tiempos. Además, es una película que no sabes por dónde tirará (muy difícil hoy en día encontrar algo así, por cierto), con un buen reparto y con un protagonista muy trabajado, que evoluciona de forma coherente con lo que se ha visto y con los temas que quería tratar Mangold.

Lo único que se le puede achacar a Copland es que hay demasiadas tramas abiertas. Y demasiados personajes. Quiere abarcar mucho más de lo que al final abarca y te queda la sensación de que el resultado es algo deslavazado. Lo que en otras películas sería motivo de mayor penalización en Copland queda totalmente perdonado: estamos ante una película que hay que ver, por lo que Mangold quiere transmitirnos, y porque es un mensaje que, por desgracia, nunca pasa de moda.

Nota: 7

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