Café Society (2016): Solo del amor incondicional no se vive

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“Como dijo Sócrates, una vida no examinada no merece ser vivida.” (Añadido Woody Allen:) “Pero una examinada tampoco es una ganga”

Primero de todo: en esta crítica me voy ahorrar la introducción sobre si el Woody Allen de ahora es el mismo que el de antes, si está en horas bajas o si en esta vuelve a ser el director de Manhattan. Parece ser que cada crítica que se hace sobre la nueva de Allen tiene que tener este prólogo por fuerza. Aquí no lo habrá, tranquilos.

Entrando en materia, Café Society es una delicia de cabo a rabo. Los actores están geniales, amén de un siempre excelente Jesse Eisenberg (algunos dicen que siempre interpreta igual. Pues ojalá que siempre lo haga así) y un notable Steve Carell; hasta los más secundarios como Corey Stoll o todos los miembros de la familia del protagonista rayan un buen nivel. La película es triste y cómica a la vez, una cosa no estorba a la otra, no hay ni más de una ni menos de la otra, todo bien equilibrado y engarzado por un guion casi sin fisuras. Y digo casi porque no es perfecta, claro que no lo es, porque la trama secundaria del hermano de Eisenberg no acaba de tener mucho sentido en el cómputo global; esas partes entretienen, y mucho,  pero al final uno tiene la sensación de que estaban ahí como un mero accesorio cómico, divertido, pero un accesorio al fin y al cabo. Y luego están los diálogos, llenos de humor negro en cada coletilla y de un cinismo típico del que es capaz de radiografiar a los demás y del que lo ha hecho durante toda una vida.

He conectado al cien por cien con lo que Allen cuenta en Café Society, porque no nos engañemos, estas cosas ocurren siempre y no hace falta ambientarla en los años 30 para comprenderla. He leído por ahí que Allen no acaba de entender cómo es un romance juvenil, pero a mí sí me ocurrió algo parecido (si desproveyéramos mi historia de todas las cosas particulares que ocurren en el film, claro) y en cada etapa de la película he sentido que Allen estaba contándome algo que he vivido, desde el principio hasta los últimos compases de la película. Porque Café Society habla del desamor, de esa imposibilidad de que algunas historias de amor acaben bien, por mucha predestinación que uno crea que haya en esa relación y por mucho que se den las condiciones para que el amor triunfe. Porque también hay otros factores que entran en juego al establecer una relación con una persona u otra. Y, en este caso, Eisenberg no tiene nada que hacer, porque no es alguien de renombre, no puede asegurarle el futuro económico a nadie, porque él lo único que tiene por aportar, al menos antes de que se traslade a Nueva York y triunfe en el mundo de los cafés, es el amor incondicional y entregado. Y Stewart sabe que del amor no se vive solamente, que si quiere vivir la vida de altos vuelos que ansía vivir, tiene que escoger a Carell, que no digo que no lo quiera, pero que además le promete vivir entre algodones y no tener que preocuparse de sobrevivir. Y eso es así. Uno puede cambiar a Carell y su fama y dinero por cualquier otra alternativa atractiva, vaya usted a saber, y tendrá la que posiblemente sea su propia historia particular.

En Café Society Allen también habla del paso del tiempo y de cómo esa capacidad para enamorarse perdidamente de alguien se va diluyendo con el tiempo y que solo hace falta un solo fracaso amoroso para que la vida nos dé una bofetada y no volvamos a enamorarnos de esa manera tan pura y sin reservas típicas de los primeros amores. Claro que aquel que siempre tenga éxito en el amor no se identificará con nada de lo que yo pueda decir aquí o de lo que Allen quiere contarnos en Café Society; hay que haber fracasado como fracasa el personaje de Eisenberg para entenderlo bien.

Nota: 8

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